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Cuando conseguí al fin un piso propio, aquel mueble enorme y blanco parecía desnudo y deseoso de color. No me gustan mucho los adornos inútiles y esparcí unos cuantos libros que tenía, intentado que ocuparan el máximo espacio posible. Desde ese primer día, en el cual me dispuse a poner orden e intentar crear un ambiente acogedor, han pasado años y el mueble blanco está repleto de libros, de tesoros literarios que se amontonan en un intento de acomodarse cada día sin necesidad de comprar otro mueble por falta de espacio. He conseguido que en cada estante quepan dos filas, una tras otra, y dudo en cada uno de mis movimientos hasta dar con el lugar adecuado para cada libro. Aquellos que me decepcionaron habitan en la última fila. Los que aún no he leído los coloco a mano ansiando ver que esconden. Siempre visibles permanecen esos que al terminarlos me golpearon tocándome el alma, convirtiéndose en fundamentales y dignos del mejor hueco tanto en el mueble como en mi interior. En la categoría de “siempre visibles” está “El último encuentro” de Sándor Marái. Descubrí a este magnífico escritor algo tarde, es un gran placer leer cada una de sus obras. En “El último encuentro” no hay grandes acontecimientos pero se derraman montones de sentimientos que se intentan esconder tras una larga conversación utilizando la palabra como única arma. Entre sus páginas encontramos un encuentro de dos amigos tras 41 años sin verse. El motivo de este encuentro es un secreto oculto tantos años y que necesita ser desvelado. El propietario de la mansión donde se reúnen necesita cerrar este asunto, poner las cosas en su sitio y dejar sus dudas resueltas pero se enfrenta al paso de los años que a veces altera la importancia de los acontecimientos y trastoca nuestros objetivos e intenciones. Junto a “El último encuentro” descansa “La hoja roja” de Miguel Delibes, uno de nuestros mejores escritores. Delibes nos cuenta la historia de un anciano, Eloy, describiéndonos cómo pasa sus últimos días después de su jubilación. Su única compañía es Desi, una chica pueblerina que le cuida y vive con él para hacer las tareas domésticas. La sensación de vacío y de soledad que hay en toda la novela, no muestran en ningún momento dolor. La relación entre los dos personajes es muy cálida y siempre actúan con optimismo. Los personajes son entrañables y conseguimos, gracias al enorme talento del escritor, conocerlos por sus diálogos y su forma de expresarse. La hoja roja es la hoja que salía en los librillos de papel de fumar para avisar cuando nos faltaban 5 para que se acabasen. El día que Eloy se encuentra con esta hoja roja comienza a pensar que se trata de un aviso y que se acerca el final de su vida. Es entonces cuando le dice a Desi: “«Tendrás estorbo por poco tiempo, hija. A mí me ha salido ya la hoja roja en el librillo de papel de fumar» Ahora me observan desde la estantería todas esas joyas literarias en las que además de historias muy bien contadas, se esconde un pedacito de mí. Mientras vamos leyendo una mano invisible escribe nuestras vidas. Les guiño el ojo mientras recuerdo ese best seller que tantos amigos se asombraban de que yo no hubiese leído ni quisiera leer y que al final una amiga me regaló para mi cumpleaños consiguiendo que intentara adentrarme en sus páginas… Nunca conseguí terminarlo, lo confieso, y lo castigué involuntariamente escondiéndolo en la última fila. Cuando visito a alguien observo sus libros en un intento de saber más de ellos, indago en sus librerías y si hay confianza me permito rebuscar que esconden tras sus primeras filas.
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